Dios permite el sufrimiento para que puedas servir de testimonio a los demás.

Dios permite el sufrimiento para que puedas servir de testimonio a los demás.

 

Pablo dijo lo siguiente acerca del sufrimiento: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación” (2Co.1:3-5).  

Cuando sufres, el Dios de toda consolación te consuela.  Lo hace por dos razones.  Primero, para fortalecerte y alentarte para que perseveres y soportes el sufrimiento.  Segundo, Dios te consuela para que tú consueles a otros que están sufriendo lo mismo que tú sufriste.

Uno de los mejores ejemplos del sufrimiento de hombres y mujeres de fe se encuentra en la epístola a los Hebreos.  En esta carta, el apóstol enumera a los más grandes hombres y mujeres de fe.  En el resumen que se encuentra en Hebreos 11:33-35, él nos revela porqué Dios permite el sufrimiento. Primero, Pablo enumera aquellos que “por fe conquistaron reinos, hicieron justicia, alcanzaron promesas, taparon bocas de leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de espada, sacaron fuerzas de debilidad, se hicieron fuertes en batallas, pusieron en fuga ejércitos extranjeros.

Existen cosas que están dentro del plan que está por encima de nuestro entendimiento.

 

 

La pregunta más común es: “¿Por qué me sobrevino esta enfermedad y este sufrimiento?”  El profeta Habacuc clamó a Dios con esta misma pregunta cuando el pueblo de Israel fue llevado cautivo por una nación violenta y perversa.  Él dijo: “¿Hasta cuándo, oh Jehová, clamaré, y no oirás… y no salvarás? ¿Por qué me haces ver iniquidad, y haces que vea molestia? Destrucción y violencia están delante de mí, y pleito y contienda se levantan… el impío asedia al justo, por eso sale torcida la justicia” (Hab.1:2-4). Dios le respondió a Su profeta con este desafío, “Mirad entre las naciones, y ved, y asombraos; porque haré una obra en vuestros días, que aun cuando se os contare, no la creeréis” (Hab.1:5).  Dios lo retó a que observara y viera lo que Él haría.  El Señor declaró que Él estaba haciendo una obra que estaba más allá del alcance del intelecto del profeta, aunque se lo explicara.   Dios también le dijo al profeta que simplemente confiara en el cuidado de Dios y en Su justicia (Hab.2:4).

Si tienes dudas al igual que el profeta Habacuc, tienes que confiar en lo que sabes.  Confía en el hecho de que Dios tiene mucha más sabiduría que tú.  Recuerda lo que el rey David declaró: “Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; Y su entendimiento es infinito” (Salmo 147:5). A menos que Dios revele las razones por sus acciones, Sus caminos son inescrutables (Ro.11:33).  Por lo tanto, confía en Su sabiduría y conocimiento infinito.  Dios sabe lo que hace.  Reconoce delante del Señor que no logras entender, pero que confías en que Él conoce todos los detalles de tu vida.

Confía en el hecho de que Dios te ama y de que no está jugando con tu vida.  Él comprobó Su amor por ti de una vez por todas cuando vino a este mundo y tomó sobre Sí mismo tu castigo y tu juicio en la cruz (Jn.3:16; Ro.8:31-32).  Si Él te amó lo suficiente para sufrir y morir en tu lugar, ¿cómo puedes pensar que tu sufrimiento le causa placer? Confía en el hecho de que Dios te ama.  Confía en el carácter, la sabiduría y el poder de Dios.  Él se interesa por ti.  Confía en que Él es más inteligente que tú y que de alguna manera usará este sufrimiento para bien.