La pereza es contraria a la diligencia

La pereza es contraria a la diligencia

Recordemos que el servicio al Señor está relacionado con la Vida divina, y no sirve de nada que prediquemos y expliquemos que Cristo es el Salvador, si no impartimos Vida entre los hombres. Dios nos llamó a ser impartidores de algo intangible, así es Su naturaleza. Debemos tener conciencia que la Vida Eterna es la realidad más grande que el hombre puede alcanzar en este mundo, y a la vez, lo que nosotros debemos poner al alcance de los hombres. Dice  La Escritura en Juan 1:17“Porque la ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad fueron hechas realidad por medio de Jesucristo”.

Es, precisamente, en este punto donde la diligencia se vuelve un factor de mucha importancia, pues para mantener el fluir de vida necesitamos ser diligentes, sólo de esta manera la vida de Dios estará activa en nosotros. Leamos los siguientes versos:

2 Timoteo 4:2 Predica la palabra; mantente dispuesto a tiempo y fuera de tiempo; convence, reprende y exhorta con toda paciencia y enseñanza.

Romanos 12:11 En lo que requiere diligencia, no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor…

Hechos 18:25 hablando de Apolos, dice: “Este había sido instruido en el camino del Señor; y siendo de espíritu fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor…”

La diligencia no empieza con el mucho qué hacer, si no en la actitud interior que el creyente muestra hacia las cosas de Dios. Debemos de estar prestos a hacer algo que el Señor nos ha encomiado, tal como dice la versión RVA en este verso: “mantente dispuesto…” o de “espíritu fervoroso”. La palabra fervoroso significa: “caliente, hervir”. La diligencia es estar “atentos”, ésta no comienza cuando hacemos algo, si no cuando tenemos una buena disposición para hacer las cosas. 

En Mateo 25:13-30 leemos la famosa parábola de los talentos. No debemos caer en la actitud  del siervo malo que quería que el Señor le dijera lo que tenía que hacer, si no debemos ser diligentes y empezar a obrar en lo que Él ya nos dijo que hagamos. Debemos accionar bajo la guía del Señor y ser diligentes en lo que Él ya nos mandó a hacer. En esta parábola vemos que el Señor les dio talentos a sus siervos, y se fue; un tiempo más tarde regresó a pedirles cuentas sobre lo que Él ya les había dado. No debemos poner los ojos en cuánto es lo que el Señor nos puede dar, si no en lo que ya nos dio. 

Lo contrario a lo diligente es la pereza, y no hablamos de la pereza extrema de dormir hasta muy tarde, si no de lo que la Biblia nos dice en Mateo 25:36 “Siervo malo y perezoso…” este hombre terminó siendo un siervo malo y perezoso a causa de no ser diligente. La palabra perezoso en el griego es: “no diligente”. La falta de diligencia nos convierte en perezosos. Pudiéramos pensar que este hombre aún tenía ciertas excusas para no haber hecho nada a causa de que sólo le dieron un talento, pero el Señor le señaló la pereza con la que obró, no haciendo nada. No nos responsabilicemos por lo poco o mucho que tengamos que hacer en Dios, sólo seamos diligentes en lo que Él nos ha mandado a hacer, de todos modos hasta el que tuvo cinco talentos hizo “lo poco”.

Para el Señor la pereza se origina en no ser diligente. La Biblia no dice que este hombre era perezoso por dormir hasta muy tarde, si no que fue considerado negligente por no hacer lo que se le había mandado a hacer. El diligente no espera a que le digan qué hacer, si no busca explotar las cosas que ya tiene.

No pensemos que Dios nos va a decir qué hacer con todas las cosas que Él ya nos ha dado, el Señor espera que nosotros dispongamos de una creatividad inherente para hacer Su obra, aunque obviamente, una creatividad que debe ser pasada por la cruz y la guía del Espíritu Santo. El Señor espera obtener un provecho eterno mientras estamos en este cuerpo corruptible, Él desea usarnos como mayordomos de los bienes eternos, pero es necesario el filtro de la cruz, de esta manera es como Su obra viene a reposar en un carpintero, en un comerciante, en una ama de casa, etc. con el fin de transmitir lo divino a través de lo mortal.