¿Por qué debemos orar incesantemente?

¿Por qué debemos orar incesantemente?

EL PROFETA Daniel tenía la costumbre de orar a Dios tres veces al día. Se arrodillaba ante la ventana de su cámara del techo, que estaba orientada hacia Jerusalén, y ofrecía sus súplicas (1 Reyes 8:46-49; Daniel 6:10). Aun cuando un decreto real prohibió que se orara a cualquiera que no fuera el rey medo Darío, Daniel no titubeó ni por un momento en continuar con su costumbre. Estuviera su vida en peligro por ello o no, este hombre de oración hacía ruegos a Jehová incesantemente.

¿Qué pensaba Jehová de Daniel? Cuando el ángel Gabriel se presentó ante el profeta para contestarle una oración, le dijo que era “alguien muy deseable”, o “muy amado” (Daniel 9:20-23). Además, en la profecía de Ezequiel, Jehová calificó a Daniel de hombre justo (Ezequiel 14:14, 20). Es evidente que, gracias a todas las oraciones que hizo a lo largo de los años, el profeta llegó a tener una relación muy estrecha con su Dios, lo cual hasta Darío reconoció (Daniel 6:16).

La Biblia dice: “Oren incesantemente. Con relación a todo, den gracias” (1 Tesalonicenses 5:17, 18). En vista de este consejo, analicemos las siguientes preguntas: ¿Por qué debemos meditar en el tipo de oraciones que hacemos? ¿Qué razones tenemos para dirigirnos a Jehová constantemente? ¿Qué hemos de hacer si nos sentimos indignos de orar a Dios a causa de nuestras deficiencias?

¿Le gustaría que Jehová lo considerara su amigo? Así veía él al patriarca Abrahán (Isaías 41:8; Santiago 2:23). Jehová desea que cultivemos ese tipo de relación con él. Es más, nos invita a que nos acerquemos a él (Santiago 4:8). ¿No debería esa invitación hacernos reflexionar en lo singular que es el privilegio de la oración? Como bien sabemos, es muy difícil conseguir una cita para hablar con un funcionario destacado del gobierno, y más aún llegar a ser su amigo. Sin embargo, el Creador del universo nos anima a dirigirnos a él libremente en oración siempre que deseemos o necesitemos hacerlo (Salmo 37:5). Nuestras oraciones incesantes nos ayudan a entablar una amistad estrecha con Jehová.

Sin embargo, ¡qué fácil es descuidar la oración! Ya el solo hecho de lidiar con las presiones de la vida diaria puede absorbernos de tal manera que no hagamos ningún esfuerzo por hablarle a Dios. Jesús instó a sus discípulos a ‘orar de continuo’, y eso mismo hizo él (Mateo 26:41). Aunque siempre estaba ocupado desde la mañana hasta la noche, dedicaba tiempo a comunicarse con su Padre celestial. A veces se levantaba “muy de mañana, mientras todavía estaba oscuro”, a fin de ofrecer sus ruegos (Marcos 1:35). En otras ocasiones oraba al final del día, tras retirarse a un lugar solitario (Mateo 14:23). Jesús siempre sacaba tiempo para orar, y nosotros deberíamos seguir su ejemplo (1 Pedro 2:21).

 Todos los días se nos presentan muchas oportunidades de orar, ya que nos surgen problemas, nos encaramos a tentaciones y tenemos que tomar decisiones (Efesios 6:18). Si buscamos la guía de Dios en todo aspecto de la vida, nuestra amistad con él sin duda crecerá. Cuando dos amigos afrontan juntos los problemas, ¿verdad que sus lazos de amistad se fortalecen? (Proverbios 17:17.) Pues lo mismo le sucede a nuestra amistad con Jehová cuando nos apoyamos en él y recibimos su ayuda (2 Crónicas 14:11).